No hay ángeles ni querubines que abriendo sus alas cobijen su alma. No hay cúmulos que desgajándose como algodones, abran el camino hacia la Gloria. Solo un techo desnudo y húmedo se pierde en la pared amarillenta y monótona, que desemboca en la almohada sobre la que reposa su cabeza. Ningún nimbo la rodea,  ninguna luz emana de ella. Permanece en penumbra, los ojos entreabiertos, el rostro macilento, y la boca sumida forma una cavidad oscura y tenebrosa como un nicho. Sus brazos sobresalen de la  sábana blanca que cubre su cuerpo desde los pies hasta el cuello. El izquierdo abandonado sobre la cama, mientras que con la mano derecha sostiene sobre el pecho, un mapa doblado en su mitad. En la mesilla el candil encendido ilumina un escudo que se apoya entre el faldón de la cama y el piso de la estancia. Un escudo sin campos ni cuarteles, un escudo raso. Nadie lo acompaña en su lecho, nadie le llora, nadie le reza. Está solo y está muerto.

Sancte Mathya, ora pro nobis, rezaba la cartela de entrada a la iglesia. Antes de penetrar en el templo se persignó. Levantando las miradas de las feligresas, la dama se dirigió al confesionario donde Francisco de Velasco esperaba su confesión, como tantas mañanas desde que ocupara el curato de la iglesia imperial. El frío de enero  enredaba el vaho de sus alientos a ambos lados de la celosía. Los susurros se convertían en palabras rompiendo el silencio y la oración de los fieles, y el tiempo se espesaba dentro del cubículo. Había pasado más de una hora y Francisco de Velasco permanecía inmóvil. Cuando despertó solo distinguió el hábito de Pedro de Tornavaca, su sacristán, y el bastón en el que se apoyaba. No recordaba nada. Ni su tránsito desde el confesionario hasta el altar, ni la homilía pronunciada en un latín que derivó en una lengua extraña de sonidos guturales ininteligibles, ni cómo ni quién lo depositó en su lecho. Un aullido lastimoso de perros era lo único que resonaba en su cabeza sin cesar.

No era la primera vez que sufría ausencias o quedaba inerte frente a la custodia, como si estuviera sumido en un sueño en  la vigilia. El sacristán lo achacaba a las secuelas sufridas años atrás, cuando en 1599 luchó como soldado en los frentes de Europa. Jamás desveló los motivos que le llevaron a dejar las armas, tomar los hábitos y volver a Granada. De su carácter militar nada conservaba, tampoco sobresalía por su arrojo. Era en el sacramento de la confesión donde desplegaba unas habilidades tan inusitadas, que por dura que fuera la penitencia, la afluencia de pecadores no dejaba de aumentar, desfilando por el templo como un ejército de almas. De entre ellas, la de aquella distinguida dama debía de ser la más atormentada, pues desde hacía un tiempo no había mañana lluviosa o soleada, que faltara al encuentro de su confesor. Ni había día que el sacerdote no mudara su alma tras otorgarle la absolución.

Desde la espadaña hasta el compás, el tañido de campanas se confundía con el martilleo seco y violento de los clavos sobre las gradas. La tribuna de autoridades y eclesiásticos debía estar terminada antes del mediodía. El tablado ya estaba concluido y su escalera   preparada para recibir a los reos, faltaban las cátedras desde donde los hermanos dominicos  leerían las causas y sentencias que sobre aquellos recaerían. El corredor que separaba ambas estructuras aguardaba la cruz verde, que sería colocada la víspera. Caía la noche y el silencio se adueñaba del compás del convento de Santa Cruz. El escenario  ya estaba dispuesto para el auto de fe.

No muy lejos de allí doña María balbuceaba y gemía abandonada sobre la letrina. Los gritos de Rosalía llegaban hasta la calle y los vecinos alarmados, se apresuraron a golpear los aldabones de la puerta de su casa pero nadie contestaba. La sirvienta  zarandeaba a su dueña intentando reanimarla sin éxito. De un tirón arrancó la lechuguilla de su cuello, se situó tras ella intentando desabrocharle el cuerpo del vestido, pero el color violáceo de su rostro permanecía intacto. Agitó la poma de olor que le colgaba de la cintura y se dirigió a la puerta. Todavía respiraba cuando la recostaron sobre la cama, pero la vida se le iba escapando. Una sola palabra salió de su boca: confesión.  Doña María de Silva y Manrique no era de noble cuna. Viuda y acaudalada, llegó a la ciudad procedente de Portugal y en pocos años se hizo un lugar entre la nobleza granadina. Inteligente y sagaz, rompía galas o eso se decía, y eran muchos los que frecuentaban su casa. Duques y alcaldes, clérigos y deanes, se deleitaban con su voz y su destreza en el arte de la vihuela, que como silbo de sirena, atraía sus corazones ganando su confianza en cada acorde. Y cada noche desnudaban sus almas revelando sus anhelos y deseos, en confidencias que pensaban, nunca serían traicionadas.

Cuando Francisco de Velasco entró en la alcoba, expulsó a la sirvienta y a los  curiosos quedándose a solas con ella, mientras se debatía entre la vida y la muerte. Antes de ungirla, la última confesión desvelada al sacerdote le hizo presagiar lo que más temía. Entre sollozos le advirtió del peligro que le acechaba y que ya conocía, conminándolo a deshacerse de cualquier prueba de su pasado. Las sienes le latían, la respiración se le agitaba y de nuevo los aullidos resonaron en su cabeza. De vuelta a la parroquia, escuchó pasos y letanías, la Cruz Verde envuelta en la oscuridad de la noche, circulaba en procesión hacia el compás del convento. Francisco, desorientado, tomó la calle Laurel donde se refugió de la algarabía, perdiéndose por los callejones de la colación de San Matías a la que tanto tiempo había dedicado sus esfuerzos. En el cruce con la calle del Jazmín, intuyó que alguien lo seguía. Refugiado en el cercano cobertizo del Naranjo, atisbó el color negro y blanco de sus hábitos. Encapuchados, los hermanos dominicos flanqueaban el final de la calle. No tenían rostro, en su lugar, una cruz blanca y negra flordelisada ocupaba la oquedad que formaban sus capuchas. Avanzaban hacia él, y aterrorizado, huyó de nuevo hacia la estrecha calle del Laurel. Las sandalias de los hermanos se deslizaban como ofidios por el empedrado del suelo, cada vez más deprisa. En el extremo de la calle otro grupo de hermanos se le aproximó. No había salida. Se arrodilló pidiendo ayuda a Dios pero unas manos heladas lo tomaron por los hombros arrastrándolo hacia la plaza cercana. Un brasero de leña ocupaba su centro y cuatro perros portando teas encendidas en sus hocicos se dirigieron hacia el brasero, prendiéndolo. En ese momento, Francisco se vio a sí mismo en el centro del quemadero hostigado por las llamas que lo abrasaban. Sintió un dolor tan intenso que se desvaneció. Al abrir los ojos no había rastro de los perros, ni del brasero, ni de los hermanos. Una tea humeante yacía en el suelo como testimonio de su visión. Francisco recompuso sus pasos hasta la parroquia, encerrándose en su estancia. La procesión de la Cruz Verde seguía su camino hacia el compás.

A la mañana siguiente el sacerdote abrió el arcón donde guardaba sus escasas pertenencias. De entre ellas destacaba un escudo de textura y peso  indefinido envuelto en tafetán. Lo observó con melancólica desesperanza y comenzó a lijar su superficie. Los campos y cuarteles que lo adornaban fueron desapareciendo al ritmo frenético de la lija sobre el objeto. Así fue borrando su pasado, su linaje, y la estirpe a la que pertenecía. En pocos minutos el escudo se convirtió en un objeto bruñido y raso, ocultando así la única prueba que podría delatarlo. Durante la noche tomó papel y pluma y dedicó todo su esfuerzo en diseñar un mapa. Dibujó manzanas y calles, escribió anotaciones y nombres. El retrato que de su propia muerte mandaría ejecutar sería su propia confesión. Su penitencia sería el destierro. Pedro de Tornavaca que había asistido a la metamorfosis del escudo, escondido entre el corredor y la sacristía, fue el encargado de  hacer llamar al pintor de discreta y escasa fama que lo retrataría. Francisco apoyó el escudo entre la cama y el piso, se recostó sosteniendo el mapa dibujado, y dejó que el pintor realizara su trabajo. Una vez concluido el óleo, se deshizo del mapa y del escudo arrojándolos al fuego y mandó colgar  el cuadro sobre su cama.

 

Eligió un lugar no muy lejano de la ciudad para su destierro voluntario. Excavó con sus propias manos una cueva y cuando estuvo concluida, abandonó el curato de la parroquial de San Matías para refugiarse en la vida eremítica. Los siguientes años de su vida los dedicó a la santificación de las almas y muchos lugareños se acercaban a su puerta para verlo orar. A veces se elevaba sobre el suelo, otras caía aturdido sobre el piso rezando en una lengua extraña. Dicen que obró algún milagro y pronto adquirió la fama de cura santo. Llegada la hora de su muerte, fue el propio deán de la catedral el que le dio cobijo en la  pequeña habitación de su antigua  iglesia.

 

El techo de la estancia se pierde en la pared amarillenta que desemboca, en el cuadro que representa a un hombre en su lecho de muerte. Bajo el cuadro, sobre la almohada, reposa la cabeza del cura santo. Los ojos permanecen cerrados y el rostro, aunque envejecido, plácido. Sus manos entrelazan un rosario. Una sábana blanca lo cubre desde los pies hasta el pecho y en la mesilla un candil ilumina la pequeña habitación. Nadie le llora, nadie le reza. Está muerto pero no está solo. El sacristán señala la imagen del escudo pintado en el cuadro. Junto a él  los hermanos dominicos examinan con avidez, el mapa que sostiene el retratado sobre su pecho.

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